Hola, papá.
Muchas gracias por el dinero para los pasajes de vuelta a casa, pero no voy a ir.
Ahora voy a escribirte distintas excusas sobre por qué no voy a comprar los pasajes ni voy a regresar, luego las borraré todas, escribiré una decena más de razones y también las borraré, y así seguiré durante tres días más hasta que encuentre una versión adecuada.
Por ejemplo, podría decir que estuve mirando los pasajes hacia nuestra tierra y descubrí que ahora solo se puede llegar pasando por Papúa Nueva Guinea con cinco escalas, y que el viaje dura 140 horas.
Ni siquiera estoy segura de que allí vuelen aviones, y tú te pondrías a regañarme por haber elegido un país tan lejano para emigrar, al otro lado de la Tierra. Y dirías que cuando eras niño caminabas 40 kilómetros para ir a la escuela, ida y vuelta, con veinte grados bajo cero, mientras que yo no soy capaz de pasar 140 horas en cómodos aviones con cinco comidas al día una vez cada cinco años por mi querido padre. No sirve.
También podría inventar que los pasajes se encarecieron de repente y ahora cuestan tres veces más. Tampoco sirve, porque quién sabe si te empeñarías en verme en la patria y venderías algo para comprarme los boletos.
Podría decir que tengo mucho trabajo en Paraguay y que no puedo ausentarme durante mucho tiempo. Pero entonces, ¿cómo explicaría que no quiero pasar mis vacaciones en nuestro pueblo? Porque, papá, en nuestro pueblo hay un río y vacas, y de eso tenemos de sobra en Paraguay. Yo quiero irme de vacaciones al océano y a la arena blanca, a Brasil. Por lo demás, la vida en Paraguay es prácticamente unas vacaciones permanentes: palmeras, sol y playa. Incluso en invierno se puede nadar. Y en nuestra tierra natal el verano es como nuestro invierno paraguayo, y algunos días incluso más frío.
Y no voy a volver a casa, papá, porque te llevarías las manos a la cabeza y exclamarías qué me ha hecho Paraguay. ¿Dónde está aquella obediente Varia que escuchaba a sus padres con la boca abierta, estudiaba con excelentes notas, se mataba trabajando en una oficina, vestía como visten las chicas, se maquillaba y se alisaba el cabello todos los días? ¡Pero yo ya no soy Varia! Ahora soy Bárbara. Tal vez Paraguay me convirtió en mí misma. Paraguay y la diferencia horaria. No ocurrió de un día para otro, claro. Primero me quedaba despierta trabajando por las noches, triste y llorando. Después me mudé a una azotea con vista a Argentina, me puse a pan y agua para ahorrar más dinero y juntar para el pasaje de regreso. Posiblemente la azotea me echó a perder, porque no se puede trabajar de noche bajo la luna mirando hacia Argentina y seguir pensando en volver a nuestro pueblo. Había que hacer algo urgente, porque el trabajo remoto con diferencia horaria y una dieta de pan y agua no combinan en absoluto con Paraguay. Aquí el pan se enmohece al instante, el agua se convierte sola en vino, y desde la calle llegan los aromas del asado y los sonidos de la polca paraguaya durante toda la noche. Así que me regalé una catarsis: primero abandoné el trabajo remoto y luego fui y me lancé al río. No te asustes, estaba en una playa donde el agua es tan baja que le llega a las rodillas a un gorrión. Me lancé de manera metafórica. Tal como estaba, con vestido y todo. Me entregué, por decirlo así, a la voluntad del destino paraguayo. Entonces unas pirañas me atacaron y me mordieron el cabello. Y los cocodrilos me arrancaron la ropa decente, así que salí a la orilla y seguí caminando tal cual. Y ya llevo tres años recorriendo Paraguay con lo que los cocodrilos paraguayos me dejaron puesto. Jajaja, es una broma. Pero me encantaría ver tu cara cuando te cuente todos esos cuentos sobre las cosas terribles con las que me asustabas cuando supiste que me iba a Paraguay.
En fin. ¿A qué venía todo esto? Porque tú querrías volver a educarme. Convertirme otra vez en una respetable contadora llamada Varvara Ivanovna. No, papá. Si quieres verme, mejor ven tú para acá. De vacaciones. Porque yo ya estoy en casa aquí. Ya tuve suficiente de Varvara Ivanovna.
Saludos desde Paraguay,
Bárbara